El peor enemigo de una mujer es otra mujer
- Val Lopez
- 26 may 2021
- 2 Min. de lectura
En pleno siglo 21, cuando la igualdad de género todavía es una quimera, existen mujeres que, en vez de practicar la solidaridad con sus homólogas se desgastan en despedazarlas y criticarlas.
Dicen que el peor enemigo de una mujer es otra mujer. No soy partidaria de absolutizar las cuestiones; creo firmemente en la relativización como una actividad mental necesaria que, para qué mentir, no suelo poner en práctica en la mayoría de los casos que afectan a mi vida personal. Menos en este caso. Porque seamos francas: el peor enemigo de una mujer, a parte de ella misma es, efectivamente, otra.
Por si no fuera suficiente la presión a la que estamos sometidas como género y como seres humanos por parte de la sociedad (hombres y mujeres por igual, porque el sexismo lo practican ambos géneros), ya nos ocupamos nosotras de asfixiarnos mutuamente más si cabe. Entre nosotras, lo que menos demostramos es solidaridad.
Hemos normalizado la competitividad feroz, y si podemos pisarnos las unas a las otras, sin bastarnos con ello: nos patearemos con saña hasta que una de las dos desfallezca. Nos embriaga saber lo mal que le va a otra mujer; eso nos hace más exitosas. Lo gorda que está la vecina de enfrente después del embarazo, porque eso nos hace más delgadas. Lo fea que es la mejor amiga de tu pareja, porque eso nos da sensación de autoestima; nos hace indestructibles. Lo ignorante que es la compañera de trabajo, porque eso nos hace más listas. Sin hablar de las duras palabras que dedicamos a nuestras congéneres cuando tienen la desfachatez de disfrutar de su sexualidad abiertamente o son más propensas a experimentar con su cuerpo en el plano sexual.
Emitir juicios de valor contra nuestras iguales se ha convertido en un entretenimiento para muchas mujeres que encuentran en esta cruel actividad, la forma de mitigar su falta de autoestima y de apaciguar la mediocridad que define sus vidas. Jueces implacables que someten a las demás a duras críticas, pero que carecen de la humildad suficiente para someterse al mismo tribunal y permitir que se las juzgue bajo los mismos parámetros.
A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de encontrarme con infinidad de grandes damas. Mujeres valientes, luchadoras y libres; libres de prejuicios, de estereotipos, de imposiciones y de envidias enfermizas. Una de ellas mi madre, a la que tengo la obligación moral de nombrar porque gracias a ella, a su ejemplo y entereza, hoy me enorgullezco de ser la mujer que soy. En la otra cara de la moneda, las cientos de inseguras malévolas con las que me he topado, que no pierden ni un segundo en despedazar y menoscabar a cualquier mujer que se ponga en su camino.
A ellas van dirigidas mis palabras, con la intención de que desistan en su empeño y eviten emplear sus energías en esta lucha encarnizada y sin sentido contra otras mujeres. Más nos valdría a todas que destinaran esas embestidas a combatir las injusticias que se ciernen contra el género femenino en su conjunto, y no a destruirnos las unas a las otras. Y si no, les sugiero que contraten a un sicólogo que les ayude a controlar la frustración y la falta de amor propio. Seguro que viven más felices. Y nosotras también.
Comparto plenamente tu escrito, me apena mucho cuando escucho ese tipo de comentarios entre mujeres. No que sea menos bajo e innecesario entre hombres, pero en mi experiencia es menos común. La vida de por sí tiene sus desgastes y situaciones para perder tiempo y neuronas armando debates, peleas y "patios limosos" con otra persona. Si algo no te agrada tengamos la madurez y valentía de decirlo de frente e igualmente de cortar personas de nuestra vida. Sino te aporta dejalo ir...