Mi Manifiesto
- Val Lopez
- 1 oct 2024
- 3 Min. de lectura
El día que me toque partir de este mundo, quiero que mis deseos queden claros, no en lo material, sino en lo que de verdad importa: cómo quiero ser recordada y cómo deseo que sigan adelante quienes me amaron.
Si en ese momento tengo una pareja, quiero que sepa que, aunque físicamente ya no esté, mi mayor deseo es que encuentre la paz y la libertad para volver a amar, para sentirse completo otra vez. No quiero ser una sombra que lo siga acompañando cuando ya no esté. Así que, cuando mis cenizas se conviertan en abono para una planta —una con mucho yerba gatera, claro, para que los gatos se sientan tan felices como yo lo fui—, no me llenen de flores. Que me lleven comida para gatos, porque ellos, con su amor simple y puro, siempre me hicieron sonreír.
Y apenas el sol salga al día siguiente de mi partida o de ser posible la misma noche, le pido a mi hijo Rafael, a quien tanto amo, que entre en mi hogar y recoja absolutamente todas mis pertenencias. Que esa casa donde compartí momentos con quien fue mi compañero quede sin un rastro de mi presencia. No quiero que mis cosas se conviertan en anclas para el corazón de esa persona. Quiero que, con mi partida, también se dé el permiso de vaciar los cajones, despejar las paredes y, sobre todo, abrir su vida a la posibilidad de amar de nuevo, sin sentirme a su lado como un fantasma.
Y si alguna vez encuentra a alguien que le ilumine el camino, quiero que lo haga desde el primer momento, sin miedo. Si puede ser por mí, si puede decir "es lo que ella hubiese querido", mejor aún. Porque no vine a este mundo para ser una fuente de dolor o de sufrimiento y no quiero irme siendolo. No quiero ser recordada con tristeza, ni que cada suspiro sea un lamento por lo que ya no está. Quiero que mis fotos y recuerdos vivan en su corazón, no en su casa. Que el pasado quede atrás, y que quien llegue a su vida no sienta el peso de lo que yo fui, sino la libertad de lo que puede ser con él.
No quiero que quien comparta su vida con la persona que alguna vez amé tenga que sentir cómo el corazón se le va rompiendo de a poquito, cada día, por apegos innecesarios. He aprendido que en la vida hay que soltar para avanzar. Que el verdadero propósito es la felicidad, y esa solo llega cuando abrimos las manos y dejamos ir lo que ya no está.
Así que, si alguna vez me amaste, suéltame con cariño. No quiero ser el dolor que te ata, sino el recuerdo que te impulsa. Que mi despedida sea el comienzo de un nuevo capítulo para ti, lleno de nuevas oportunidades y sonrisas.
Y para cerrar con este escrito tan dark y porque nunca he dejado de ser fashion a mi manera —ya saben, la metalera punkera fashion—, amigas mías, no se preocupen, sé que algunas de ustedes llevan años echándole el ojo a mis cositas (¡sí, te vi admirando esos accesorios de marca!), así que también pueden elegir lo que deseen. No se peleen, hay para todas.
Y en cuanto a mis outfits de ciclismo, que siempre han sido la envidia de todos, espero queden en buenas manos. Mis nenas Bastet y Trinity, son mi mayor tesoro. Así que, quien las herede, más le vale que las trate con el respeto y cariño que se merecen. Y si vas a salir a rodar con ellas, asegúrate de hacerlo con estilo. ¡No quiero que mis bicis pasen vergüenza en la carretera!
Lo que quede… que se done o se recicle, porque al final, de lo material no nos llevamos nada. Pero el estilo, ¡ese sí perdura para siempre!
Y para quienes deseen hacerme un homenaje, la mejor manera sería honrando a los animales, que tanto amé en vida. Si alguna vez mi recuerdo pasa por su mente, alimenten a un callejerito o, mejor aún, adóptenlo. Y no me enojaría en lo absoluto si deciden ponerle uno de mis dos nombres. Ese sería mi verdadero legado: ver que se sigue haciendo el bien por aquellos que no tienen voz.
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